viernes, 9 de diciembre de 2011

Norma Segades - Manias

NORMA SEGADES - MANIAS
(Santa Fe-Santa Fe)

Libro “El amor sin mordazas”

ANDAMIOS EN EL VIENTO.

Yo edifiqué este amor.
Con fragmentos de oscuras inocencias,
con torpes esqueletos de caricias,
con harapos de sueños,
con astillas de heridas sin cerrojos,
con retazos de olvidos,
con silencios,
con este terco corazón obrero
enhebrando
una a una
las miradas
hasta llegar al beso.

Yo edifiqué este amor.
Me desollé las manos
y el alma
para hacerlo.
Desgarré la agonía de mis pieles
en el seco perfil de tus misterios,
en tu salvaje lluvia de raíces,
en tu escasa ternura,
en la eterna aspereza de tus miedos,
en el rencor marchito de tu zarza,
en la estirpe indomable de tus fuegos.

Yo edifiqué este amor.
Establecí mi sumisión descalza
como piedra y cimiento,
lo parí con la fuerza de la tierra
en la orilla de enero,
lo afirmé como hiedra a tus murallas
de aguijones sin tiempo...
y lo sostengo
a pura garra y dientes
entre racimos de cuchillos negros.


DESPUÉS DE LOS CREPÚSCULOS.

¿Qué queda,
al fin,
después de los crepúsculos?
¿Un beso indiferente en las mañanas?
¿Una caricia, casi distraída,
rozando mi mejilla despeinada?
Pues,
es en este instante en que decido
que no voy a rendirme sin batallas,
que no acepto rutinas,
ni pretextos,
ni caderas de secas naftalinas
en mis rincones de obediencias ásperas,
ni sueños maniatados,
ni mohos transitorios,
ni lunas con mordaza.
Que voy a resistir,
cada centímetro,
de éste,
mi territorio sin palabras,
que voy a encabritar mis rebeldías,
que voy a amarte con la piel descalza
y el fuego,
y el temblor,
y las entrañas,
y algunas veces voy a odiarte tanto
que estallará un volcán en mi garganta
y una lluvia de lenguas derretidas
caerá sobre tu furia estupefacta,
que voy a combatir,
desde mi insomnio,
con toda la estrategia necesaria
para ganarle al mundo las contiendas
en los desfiladeros del hastío,
sin esquinas,
ni magias.

Y después de centurias de crepúsculos
aún andaré de soles rigurosos,
aún llevaré la risa agazapada
nutriéndome de cielo los relojes,
procreándome caminos en el alma,
porque aquí,
en el desorden de mis días,
la vida es un oficio que se asume
insolentando al hombro la esperanza.


Libro “Crónica de las huellas”

EN LA ORILLA DEL VIENTO.

Habla
MARÍA


Ya no puedo parirte nuevamente...
Tengo toda tu muerte en mi regazo
y la inocencia herida de tus sienes yaciendo... en el ritual de mi ternura.
Pero puedo mecerte,
como antaño,
cuando enjambres de ráfagas azules desceñían la paz de tus caricias,
cuando mis manos de ágiles vaivenes tejían, con vilanos encendidos, las pastorales tramas de tus túnicas.
Pero puedo tener entre mis brazos,
no al Cristo... no al Profeta... no al Mesías...
sino esta palidez de tu silencio capturado en las redes de los sueños, como en esas fragancias madereras con que José, te construyó la cuna.
En la orilla del viento,
con tu sombra esbozando ese cuerpo fatigado sobre espinas de penas absolutas...
porque no en vano el eco de mi sangre retuvo en sus esferas solitarias el dulce cautiverio de tus lunas.
En la orilla del viento,
sin respuestas,
paladeando un brebaje acidulado
mientras otras mujeres sollozantes salmodian sus dramáticas liturgias.
En la orilla del viento,
abandonada,
reclamando una tregua a los enigmas para cubrir tu pecho mancillado por navajas de sórdidas injurias.
Pero puedo tener,
junto a mi rostro,
tus frágiles mejillas, tus cabellos derramando sus últimas penumbras.
Porque ya nada existe sin tu vida: exhausta, macilenta y derribada en la ardiente crueldad de las torturas.
¿Por qué, entonces, me fuiste prometido por las voces del ángel, al crepúsculo
siendo, apenas, un cáliz de azucena sediento de lloviznas invisibles que colmaran mi entraña taciturna?
¿Por qué elegirme a mí?
¿Por qué mi vientre?
¿Por qué no te engendraron los volcanes en la lava apremiante de su furia?
¿Por qué fue una mujer?
¿Por qué la arcilla hubo de recibir la gracia plena para tensar Tu Nombre en su cintura?
¿Pensaste alguna vez que, en esta hora saciarías mi espacio de miserias?
¿Que un dolor excesivo, ilimitado, me entregaría a huérfanos naufragios, a ciegas escolleras de locura?
Ya no puedo parirte...
Ya no puedo...
Soy sólo esta mujer encadenada a su tristeza anónima y aguda...


EL SEPULCRO VACÍO.

Habla
MAGDALENA

Era el día tercero.
En la penumbra,
yo, la mujer de todos, la incitante, la que amarraba luna a los umbrales, la que acechaban índices furtivos y acosaban hipócritas estigmas...
Yo, la impura, María de Magdala,
repudiada, ofensiva, impenitente,
la que ofrecía, a cambio de monedas, enjambres de caricias prostituidas...
la que trepó al olor de su ternura por las hostiles márgenes del cieno,
la que obtuvo la gracia del indulto,
la que amó sus palabras infinitas...
y persiguió los signos de sus huellas por peñascos y pueblos y desiertos, con toda la esperanza en rebeldía.
Yo, la ramera, la mujer prohibida,
la plañidera loca y enlutada extendida, de bruces, en el Gólgota, para no ver su rostro demudado ni el estertor final de su agonía...
desperté en la memoria de su ausencia
mientras andaba el alba, a borbotones, derramando su luz en olivares de trágicas cortezas sorprendidas.
Era el día tercero.
En el crepúsculo, el sol aún esbozaba sus fogatas rasgando horizontales perspectivas
cuando orienté mi pena hacia la huerta donde, según costumbres ancestrales, untaría con óleos aromáticos sus fragmentos de muertes amarillas.
La guardia pretoriana, majestuosa, habitaba un insomnio derrotado por dédalos de oscuras pesadillas.
Junto a los sellos rotos, el silencio multiplicaba un eco abovedado
entre aquellas paredes del sepulcro resquebrajadas, húmedas, vacías...
que ofreciera José, el de Arimatea, para guardar sus pálidos despojos envueltos en sudarios de ceniza.
De improviso,
dorados los cabellos, deslumbrantes las blancas vestiduras, el ángel desgranó la transparencia, se acercó al regocijo de mi asombro y me dijo: -Mujer de Galilea,
¿Por qué, en la muerte, buscas a la Vida?-.
Era el día tercero.
Sobre el polvo,
un cúmulo de vendas humilladas testimoniaba el tiempo de la espera para aquellos que engendran las vigilias.


Libro “Desde otras voces”

EL TORTURADO.

“...porque sólo sé cantar lamentaciones / porque no puedo ser un ave de lluvia /
porque sólo soy un pájaro de cartón y piedra.”
Carmen Ávila (México)

Porque habita el secreto,
porque no puede hablar de lo que duele
como turbas de espinas desgarrando su lengua,
desde aquellas desiertas madrugadas reclamando sus nombres
a pulso de picana, a fuerza de tortura, a paso de martirio,
apretando los dientes para no recordarlos en mitad de los miedos,
en mitad de la noche, en mitad de las lunas amarillas,
para no traicionarlos, para no maldecirlos
desde la soledad acantilada
y el dolor encendido.

Porque habita el insomnio,
porque el vuelo se ha vuelto fatigoso,
limitado y rasante como sus esperanzas
hartas de imaginar las libertades, la equidad, los derechos,
mientras la gente andaba los desfiles del júbilo, agitando el bullicio,
festejando ese triunfo que los parió una tarde los mejores del mundo,
ajenos por completo a tanta impunidad encapuchada,
decretando el silencio para la ausencia anónima
sepultando el hedor de la vergüenza
en el lecho del río.

Porque habita el fracaso
de ser hijo de un pueblo sin raíces
que inmola en los altares su diezmo de tragedia
y el nunca más es sólo un expediente entre tanta injusticia
y la historia repite sus errores sin tiempo, sus eclipses de olvido
y todo es negociable: hambre, feudos, proclamas, indultos, dignidades,
en este territorio de lesa hipocresía
donde una hostilidad a contrapueblo
desnuda los colmillos.


LOS ADICTOS.

“...bebo del llanto de la noche /
y del amargo abismo del olvido.”
Lina Zerón (México)

Noche a noche los cercan los temibles espectros que impone la agonía
en el advenimiento de todos los abismos absolutos,
entre los aguijones
que decretan sus muertes solitarias,
su identidad de ojeras sobre un estanque quieto
donde el agua no agrede las matrices de arcilla
ni la rabia se quiebra en bofetadas
ni oscuras cobardías
profanan las verbenas que no ha querido degradar el viento
cuando rompe corolas con el látigo impune de sus alevosías.

Alguien queda llorando sobre briznas de sueños cuando ellos alucinan,
cuando se evaden voluptuosamente de tantas orfandades,
cuando vagabundean
por regiones de cielos turbulentos
y las luces salvajes derrotan las memorias,
les tienden emboscadas de euforias amarillas
y todo el corazón se les desboca
y el delirio está cerca
y un reguero de insectos les traspasa las mentes trastornadas
como un puñal de jade inmolando tributos al dios de las vigilias.

Alguien queda temblando debajo de los puentes que ocultan inmundicias
Alguien queda temblando las enajenaciones de las fiebres.
Alguien queda temblando
fragmentos de anatemas cenicientos,
jirones de esperanza que no tienen refugio,
hilachas de cordura que rasgó la desdicha,
telarañas de antiguos hematomas
aullando en la intemperie
mientras ellos remontan la altura merecida de un milagro
porque, en todo el sollozo, no hubo un muelle de luna donde amarrar sus vidas.


LA MUJER GOLPEADA.

“Ella habla del agua, / del fuego y de la luz /
y pone a trabajar todos sus muertos / para quitar malezas y mordazas.”
Nora Hall (Argentina)

Quiere huir de la noche, evadir la deshonra,
ausentarse del mundo;
desertar de la hondura de este infierno
donde los golpes caen como cae la sombra o cae la llovizna
maltratando los pómulos con zarpazos de afrenta desvelada,
con ráfagas de cólera perversa exonerando puños.
Quiere dar testimonio de tanto desamparo inmolado al desprecio
cuando estallan los miedos rigurosos,
cuando las orfandades
se ocultan bajo sayos de hostiles novilunios.

La voz vuelca promesas, pero ya no las cree
aunque invoque crepúsculos.
La voz escancia pactos de rocío,
empecina palabras, restaura compromisos, congrega juramentos,
propaga los convenios en torrentes de frágiles vergüenzas,
pero ella ya no encuentra la esperanza entre tanto perjurio.
Alguien llora a lo lejos con un llanto que eclipsa su nombre de derrota
hundido en el asombro de su propia agonía
pero ella ya no escucha
las sílabas ahogadas por coágulos desnudos.

Atraviesa relojes con su insomnio en hilachas,
su demencia en mendrugos.
Cruza la estupefacta alevosía
como el cauce de un río desbordado de pena naufragante y amarga.
Avasalla la ausencia con pies de dignidad empecinada
sobre esa latitud a contrasueño que orilla los sepulcros.
Y aunque rueden los besos sobre su piel sin luna, sobre su sed sin tregua,
abdicó a la piedad de las mordazas,
proscribió los silencios,
desterró a la intemperie su ternura de musgo.


LA ESCRITORA.

“... porque hasta el último hálito de vida
voy a aferrarme a la conciencia.”
Leticia Ricárdez (México)

La voz estalla en huecos de conciencia
con un gesto de espiga reclamándole al siglo sus silencios culpables.
La voz se eleva triste, sin ritmo de panfleto admonitorio
ni cadencia de muerte multiplicando coágulos
ni palabras convulsas.
La voz busca engendrarse
con semen de fogatas pulsando en la vigilia,
en el cántaro azul de una esperanza ejercida a mansalva.
La voz quiere ser clara como el agua en la lluvia o la luz en la aurora.
La voz quiere ser largamente pura.

Pero ella no suscribe al disimulo,
renuncia a los secretos, abdica a los disfraces, reniega de mordazas.
Entonces ya no puede consentir los dolores encrespados,
admitir los vendajes que ciegan las pupilas,
omitir la denuncia.
Entonces se apasiona,
entonces se derrama como un bálsamo tibio
entre todas las llagas rigurosas, entre todo el agravio,
entre todos los odios que invaden la intemperie cuando la vida exhibe
sus colmillos de eclipses y penumbras,

inventa algunas treguas tutelares,
alguna fe propicia que le encienda horizontes a pesar del espanto,
algún síntoma breve de escasas indulgencias malheridas,
un resto de plegaria agazapada
que funde otra liturgia...
Pero en el fondo sabe
que algo viene creciendo a través de la pena
que, más allá de la quietud del viento, el hambre anda en jaurías,
que tiene el corazón de pie en las coordenadas del más hondo cansancio,
que tiene el corazón sobre la furia.


Libro “En nombre de sus nombres”

SALOMÉ

“Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes, por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista.” (Marcos 14:6-7-8)

Escucho,
desde lejos,
las denuncias,
las recriminaciones,
las censuras,
las insidias de bordes insolentes reptando por los muros del palacio
en el eco rotundo de sus voces.
Pero nadie se atreve a ajusticiarlo,
a desnucar sus ojos encendidos,
porque este tiempo ha sido revelado como el advenimiento de otro reino
sobre la piel ajada de los códices.
Yo sólo libro el fuego de la danza al ritmo de sonajas que percuten
junto a los balanceos,
las flexiones,
el arquear obediente de mi torso junto al suave pulsar de los tambores
y ese inmisericorde fanatismo enjuiciando la vida de mi madre
que ya no pueden ocultar las cítaras;
ese apasionamiento huracanado condenando el ritual de mis amores.
Me acosan las miradas de lujuria adulando mi vientre delicado
moviéndose,
sinuoso,
entre los velos
que caen como hojuelas otoñales multiplicando el goce en los azogues.
No lo asesinan leyes ni preceptos,
lo matan mis caderas complacientes,
mi fragancia a hembra en celo
y el alfanje
instaurando entre coágulos desnudos la decapitación del horizonte;
lo mata mi mirada seductora enmarcada por sombras de antimonio
mis piernas impetuosas,
mi cintura,
y el engreimiento de sentirse dueño de la vida y la muerte de los hombres.
Lo mata el erotismo,
la impudicia,
la voluptuosidad adolescente que funda entre mis muslos su desgracia.
En bandeja de plata
su silencio
como obsequio a la puta de la corte.


ROSA LUXEMBURGO

Nacida en Polonia, el 5 de marzo de 1871, fue activista del movimiento socialista en Polonia, Alemania y Rusia. Dirigió, inspiró, organizó movimientos obreros, levantando las banderas del socialismo internacional. El 15 de enero de 1919, en Berlín, la culata del rifle de un soldado destrozó su cráneo antes de que le dispararan un tiro a quemarropa y arrojaran su cuerpo a un canal. Tenía 48 años.
Berlín - Alemania (1919)

Tan lejos de Polonia.
Tan distante
de las persecuciones policiales mordiendo los talones de mi raza.
Tan alejada del primer refugio,
de los primeros tiempos del despojo.
Después de desandar tantas prisiones por culpa de este eterno compromiso,
después de tanta educación estricta,
después de tanta militancia
ardiendo en contra de conflictos codiciosos,
después de tantas voces en el viento
llamando a suspensión de actividades en todos los rincones de la tierra
para evitar que mueran los obreros en beneficio de los poderosos
estoy aquí,
sitiada por sus odios.
Soy Rosa Luxemburgo,
la judía,
la alemana,
la rusa,
la polaca,
eterna desterrada
socavando los cimientos del miedo sobre el polvo,
proclamando a la guerra una estrategia propicia al interés capitalista,
cuestionando el sistema democrático
si anda
la desconfianza
reflejándose en las utilidades de los votos.
Ya no puedo guardar,
bajo mi agobio,
mucho más que el desprecio a tu arrogancia.
Ya no poseo más que el pensamiento.
Mi patria
es un estado de vigilia,
un exilio en los huecos del insomnio.
Mi patria es territorio de la muerte cuajándose en el arma del verdugo,
es sonido de huesos fracturados,
un tiro de fusil
a quemarropa,
un desgarro en las pieles del arroyo.


ROSA LEE PARKS

El 1 de diciembre de 1955, Rosa Lee Parks, militante por los derechos de las personas de color, se niega a ceder su asiento de colectivo a un hombre blanco que se lo reclamaba en función de la ley. Tenía 42 años.
Estados Unidos (Alabama)

Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otras lunas,
de otros tiempos,
de otras tumbas con nombres olvidados,
de otros pies mutilados por machetes,
de otras espaldas casi desolladas por la furia del látigo infamante.
Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otros rostros,
de otras pieles,
de otro temblor de carne con gusanos padeciendo en la entraña de algún barco
antes de ser hundido en el oleaje como ofrenda al demonio de la sangre.
Regreso arrebujada en un cansancio que llega de otros días,
de otras muertes,
de otras mujeres rotas,
degradadas por la lujuria hipócrita del amo
y su crueldad de estupros,
sodomías,
prepotencias de falo amenazante.
El autobús recorre
lentamente,
los tranquilos suburbios de Alabama
mientras me esfuerzo en recordar los sones de la canción de cuna que entonaba antes que me raptaran de mis sueños
y arrojaran al viento mi lenguaje;
antes que sometieran,
con cadenas,
la natural cadencia de mis pasos
antes que me prohibieran las miradas,
compartir las aceras,
la enseñanza,
yacer en el pesar de la fatiga sin abonar el diezmo de un ultraje.
Entonces miro al hombre que me mira reclamando una huella de obediencia
y escucho un no viniendo desde lejos,
un no seguro, sólido, prolijo,
capaz de cercenar cada cerrojo con filos de igualdad inexorable.
Y yo,
Rosa Lee Parks,
la costurera,
ante el asombro gris de los viajeros,
aguardo por la ley
y los garrotes
y las noches de cárceles estrictas
y el murmullo de un pueblo en movimiento reclamando sus hoscas libertades.


MARÍA EVA DUARTE

Mientras la mayoría del pueblo la llora con desconsuelo, en algunas paredes de los barrios aristocráticos alguien escribe: “Viva el cáncer”. Tenía 33 años.
Buenos Aires/Argentina (1952)

Encarcelada adentro de mis pieles,
el alma se debate entre las llagas que saquearon su cuerpo,
a pura furia,
en estas coordenadas del silencio donde sucede el tiempo en espirales
y la agonía duele todavía
aunque el fétido aliento de la muerte ya no rompa,
con uñas amarillas,
los baluartes del útero infecundo donde engendrara el cáncer su paisaje.
Soy
apenas
la máscara de la hembra
que odiaron los señores biencomidos desde lo más profundo de sus vísceras.
Soy Evita,
la intrusa resentida,
la virtuosa,
la puta,
la arrogante;
la que mantuvo un odio apasionado por los olvidos,
por las injusticias,
y alzó una represalia en torbellino que consumió sus días
y sus noches
y el desleal desenfreno de su sangre
desterrándola al hondo cautiverio de una perpetuidad inconmovible
donde habrán de golpearla,
mutilarla,
temerle hasta el espanto y la locura,
condenarla a un atroz peregrinaje
al que será entregada por bastarda,
por hija de la chusma,
por fanática,
por conducir legiones desdentadas
hacia la dignidad que les adeuda la rapiña legal de los farsantes.
Soy Evita,
la madre irrespetuosa,
la que no consintió con su destino de sirvienta,
operaria,
costurera,
discreto pasatiempo de señores en alguna evasión de mediatarde
y se jugó la vida
a todo o nada
porque tuvo el coraje,
la fiereza,
la razón, el arrojo, los ovarios
para parar el juego
y dar de nuevo
a pesar del agravio interminable.

5 comentarios:

  1. Norma, vine a abrevar en esta fuente de poesía...y no hay textos...No es necesaria tanta humildad porque nos perjudica. Por favor, colgá tus poemas, por favor...tenés que estar con nosotras, alma mater!

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  2. Esta página es fantastica revela dedicación y amor por la palabra Me gustó mucho pero falta tu poesía tu bella profunda y comprometida poesía ...Un abrazo inmenso ....

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  3. Pero...Estos poemas que acabo de leer: ANDAMOS EN EL VIENTO y DESPUÉS DE LOS CREPÚSCULOS, no son de Norma Segades? O entendí mal? Me fascinaron, no soy amiga de las metáforas pero estas ¡Una verdadera delicia!

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  4. Por supuesto que son míos, Myrita. En esta página se han publicado mis poemas. Besotes para vos, Norma

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  5. Maravillosos poemas de Norma Segades, poeta argentina excepcional y una de mis preferidas al momento de regalarme un momento tranquilo de lectura poética.

    Un gran abrazo desde Chile.

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